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mapas, redes y sincronizaciones como metáfora del pensamiento artístico
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...El tercer gran bloque temático que configura "los rostros del tiempo" en este régimen diurno de la imagen está formado por los símbolos catamorfos, los símbolos de la caída. Junto al movimiento caótico, a los monstruos devoradores y junto a las tinieblas, el miedo a la caída aparece también como uno de los grandes terrores arquetípicos. Experiencia universal [1]  y reiterada por cada individuo especialmente en su primer año de vida, experiencia dolorosa por naturaleza, la caída sufre un desplazamiento simbólico y abandona pronto las meras implicaciones físicas para cargarse rápidamente de connotaciones psicológicas y morales. Caídas míticas de Icaro, de Faetón, de Tántalo, numerosísimas expresiones acuñadas por el uso lingüístico donde a los símbolos catamorfos se unen a veces los símbolos teriomorfos y nictomorfos: caer en manos de, en las garras de, caer en un pozo sin fondo, caer en una depresión, caer enfermo, caer en un vicio, caérsele a uno el mundo encima, venirse el mundo abajo, la caída del poder, la caída de los dioses, hundirse en la desesperación, en la ruina, en la miseria, derrumbarse psíquicamente, emocionalmente, moralmente, atravesar un infierno.     

La Biblia hace del pecado original una caída, como también comporta una imagen de caída la rebelión de los ángeles, la conversión de Lucifer en Satán. El pecado es pues símbolo catamorfo - caer en el pecado - y sus orígenes son en principio desobediencia por orgullo, soberbia de una criatura que quiere igualarse a su Creador y pasan luego a confundirse con una sexualidad culpable inducida, bueno es recordarlo, por una imagen de la feminidad maléfica, Eva en connivencia con la serpiente. La Caída supone entonces instantáneamente el paso de la condición inmortal del ser a su condición mortal, la expulsión del espacio - Paraíso y del no-tiempo, la inauguración del tiempo, del devenir, la maldición del esfuerzo y del trabajo, del sufrimiento y de la precariedad, del dolor, de la enfermedad y con ellos la experiencia última de la muerte.

Si los símbolos que hemos enumerado y descrito brevemente se presentan en el régimen diurno como "los rostros del tiempo" maléfico y devorador, si estas constelaciones simbólicas abominan las mencionadas imágenes teriomorfas, nictomorfas y catamorfas es porque las estructuras diurnas responden a lo que Gilbert Durand, de acuerdo con la reflexiología de Betcherev, denomina la dominante postural, es decir, la conquista de la verticalidad.

En efecto, la verticalidad, el hecho de ponerse en pie, de erguirse desafiando a la fuerza de la gravedad, al vértigo y a la caída es una conquista, una victoria inherente al ser humano que marca no sólo el desarrollo de cada individuo, sino al conjunto de la evolución de la especie. A partir de esta fijación sobre el reflejo postural se dibuja una configuración simbólica antitética donde lo alto o lo que asciende se carga de todas las valorizaciones positivas mientras lo que está abajo o lo que cae, se asocia a lo negativo. Arriba el cielo y el Altísimo, arriba el Bien, la luz y el orden, abajo el infierno y Satán, abajo el Mal, las tinieblas y el caos.

     Así, a los símbolos catamorfos, el régimen diurno del imaginario opondrá, en perfecta simetría antitética, los símbolos ascensionales, respuesta a los "rostros del tiempo", respuesta del hombre a la obsesión terrible de un Cronos devorador de sus propios hijos. Símbolos ascensionales, por excelencia, los pájaros, águilas, alondras o gaviotas, fascinación del imaginario diurno por el vuelo, sublimación de la caída a través del ala. Alas para los ángeles, para un Espíritu Santo simbolizado en forma de paloma, pies alados de Hermes, alas para quienes son mensajeros entre los dioses y los hombres, para quienes establecen un puente - arco iris - entre el mundo terrenal y lo sobrenatural. Símbolos ascensionales también, las escaleras de los chamanes y la escalera de Jacob y las construcciones del hombre, monumentos sagrados, erguidos, altos, apuntando al cielo: obeliscos, pirámides, zigurats, campanarios, esbeltas agujas de catedrales góticas; espacios de culto situados en la cima de las montañas, en lugares elevados: el Partenón en la Acrópolis, el templo de Apolo en el cabo Sunion, el Machu Picchu, los santuarios de Covadonga y de Montserrat. Símbolos ascensionales también para una civilización que los dioses han desertado, para una civilización desacralizada que hace de la conquista de la verticalidad el símbolo de un poder profano: rascacielos de Manhattan o de La Défense en París. Conquista asimismo del espacio aéreo, más allá del sonido, aviones supersónicos, desafío y conquista más allá del aire y de la gravedad, carrera espacial, satélites y cohetes.

Y si este régimen de la imagen valora la elevación y la altura es porque es ésta una forma hiperbólica. El imaginario diurno se complace en la hipérbole generalizada. En el marco de su estructura, lo alto, lo grande, lo veloz, lo desmesurado adquieren siempre valorizaciones positivas. Y nuestra sociedad occidental contemporánea, que pertenece básicamente a esta configuración del imaginario, es un ejemplo flagrante de esta tendencia. Para ella la gloria de la construcción de grandes ciudades, de grandes edificios, de altas torres de telecomunicación, para ella el desafío en la construcción de las autopistas y de los puentes más largos, de grandes superficies comerciales, de grandes complejos industriales. Alta la velocidad de los trenes, alta la tecnología, alta la definición de las imágenes reproducidas, rápida la difusión de la información, tan rápida, tan amplia como una autopista. Alto, grande, rápido son así imágenes isomorfas para un régimen del imaginario que, basado en la dualidad antitética, devalúa automáticamente lo pequeño y lo lento.

Los símbolos ascensionales se oponen a los catamorfos como los símbolos espectaculares se oponen a los nictomorfos. Luz para combatir las tinieblas, sol para disipar la noche y el terror arquetípico producido por la oscuridad; luz que se conjuga y se asocia con la verticalidad, con la elevación, con la necesidad de purificación y la blancura, símbolos espectaculares que refuerzan los símbolos ascensionales: todo cuanto se eleva se dirige hacia la luz, todo cuanto cae va a parar a la tiniebla. Pero la luz se desplaza simbólicamente desde el terreno de lo meramente físico hacia la esfera de lo intelectual, de lo moral, de lo jerárquico. Porque ver es efectivamente comprender [2], comprender es saber y saber es poder. El ojo, órgano de la visión, es un símbolo privilegiado de esa instancia psíquica que Freud designa bajo el nombre de super - ego: ojo de Dios que todo lo ve, que todo lo sabe, que todo lo puede, ojo implacable de un Big Brother que escruta acciones y hasta pensamientos recónditos, que sólo puede ser Big Brother, es decir, instancia de poder, en la medida en que todo lo ve, todo lo sabe, todo controla.

Las estructuras diurnas del imaginario apuntan de este modo hacia una configuración del poder como valor, como victoria sobre las tinieblas, el desorden, el caos. A ellas pertecen la valorización de la autoridad y de la jerarquía encarnada por tres grandes símbolos isomorfos: Dios, el rey, el padre, símbolos masculinos, en primer término, imágenes del poder viril. Y junto a ellos, no menos arquetípica, no menos emblemática, la figura del héroe, armado para defender el orden, armado para defender el bien. La espada del héroe es el gran símbolo diairético, la espada que corta, que zanja, que separa, que divide, la espada símbolo de la dualidad inherente al sistema. Aliado de dioses y reyes, eterno defensor del Bien, el héroe se enfrenta al Mal, al monstruo, a todos los símbolos teriomorfos, nictomorfos y catamorfos, a todas y cada una de las epifanías y avatares de "los rostros del tiempo". El héroe se alza (imagen ascensional) al fin con una victoria que a veces le cuesta incluso su propia vida. Así, Perseo derrota a la Medusa, símbolo teriomorfo de una feminidad maléfica, San Jorge vence al dragón, los caballeros de la Mesa Redonda combaten en su búsqueda del Grial. En nuestras pantallas de cine y de televisión, hasta la saciedad y sin descanso, el séptimo de caballería aniquila a los pieles rojas, el detective se arma contra el asesino, los terrícolas, invadidos, conjuran, con armas, sangre y fuego, el peligro de los alienígenas, y de igual manera, en el universo maniqueo e hiperbólico de los culebrones, el bueno es también muy bueno, el malo es también muy malo. Alta definición y color para películas cuyo contenido temático es en blanco y negro porque reproducen y significan una y otra vez el enfrentamiento arquetípico entre las huestes del Bien y las fuerzas del Mal.

El régimen diurno del imaginario se basa así en el principio de identidad, en el principio de no contradicción, en el principio del tercio excluso. La dualidad, la antinomia, la antítesis estructuran este régimen de la imagen. Cabría pues aquí plantear la siguiente pregunta: )qué la relación existe entre el día y la noche, entre el verano y el invierno, entre la identidad y la alteridad, entre la razón y la imaginación, entre lo puro y lo impuro, entre el blanco y el negro, entre el bien y el mal? Y desde una perspectiva diurna se respondería que tales conceptos y términos mantienen una relación de oposición, de contradicción, de exclusión.

El segundo régimen de imaginario, que Gilbert Durand denomina régimen nocturno, se subdivide en nocturno místico y nocturno sintético o diseminatorio.

Las constelaciones simbólicas que configuran el régimen nocturno místico de la imagen responden, desde un punto de vista reflexiológico, a la dominante digestiva y en ellas se conjugan procesos de eufemización, antífrasis, inversión de valores y doble negación. A partir del modelo apacible de la digestión, este régimen del imaginario transforma lo que era vértigo y caída incontrolada en el régimen diurno, en descenso lento, plácido, benéfico, blando, mullido. El régimen nocturno de la imagen miniaturiza, de esta manera, el abismo en vientre y en copa receptora de sustancias nutritivas; aquí las tinieblas se eufemizan en noche sosegada, momento para el descanso, para la paz, para la interiorización, horas de amor, horas de inspiración poética; aquí la muerte se eufemiza en reposo eterno, en tranquilo sueño, en espera de la aurora, aquí la tumba es cuna, espacio de un nuevo nacimiento [3]. No existe pues ningún terror a la muerte porque el tiempo, eufemizado y anulado, deja de existir.

Si las estructuras diurnas configuran un universo de valores masculinos, - jerarquizaciones, poder, heroísmo -, las estructuras nocturnas místicas ponen por contra en circulación imágenes de la feminidad, y de manera muy especial imágenes asociadas a la maternidad [4]. En las constelaciones simbólicas que en él aparecen, se amalgama el vientre y la matriz porque ambos son lugares oscuros, quietos, apacibles, seguros, interiores, cerrados, donde se opera el misterio de la metamorfosis, de la transmutación, donde se gesta el milagro de la vida. El arquetipo de la Tierra Madre y el agua como elemento femenino donde se origina la vida constituyen arquetipos que, convertidos en mitos, atraviesan el tiempo y el espacio. Como el vientre femenino, matriz, las cuevas, las grutas, las islas, las crisálidas, las casas, los jardines, las barcas, todo espacio sentido y vivido como un refugio, todo lugar que invita a la meditación y a la ensoñación claustrofílica configura asociaciones de imágenes en torno a las cuales gravita el régimen nocturno místico del imaginario.

Se trata en gran medida del sueño arquetípico del regreso al útero, al estado prenatal, fuera del tiempo y del espacio. Por eso en este régimen de la imagen no hay monstruos devoradores, no hay tinieblas ni caos, no hay caída, abismos ni Mal. Aquí se ignoran "los rostros del tiempo", no se concibe dualidad ni la antítesis, el enfrentamiento y la hostilidad, aquí se sublima el terror que la muerte inspira, y, en último extremo, no existe siquiera, en este régimen de la imagen, la conciencia de una identidad individual autónoma, segregada, independiente y diferente de la alteridad: la aspiración máxima es la asimilación, la fusión, la disolución, la no-separación del ser.

Son las tradiciones orientales, el hinduismo y el budismo muy especialmente, los sistemas filosóficos que mejor ilustran las estructuras nocturnas místicas del imaginario. Uno de los ejemplos más interesantes para observar las diferencias entre los regímenes diurno y nocturno místico del imaginario viene dado por los mitos cosmogónicos, los mitos de los orígenes que definen respectivamente a la tradición judeo cristiana e hinduista. En nuestra tradición, un Dios Padre todopoderoso crea el universo manifestado haciendo aparecer la luz en oposición a las tinieblas que la preceden, separando (símbolo diairético también) la tierra del agua y, lo que es más significativo, el mito presenta una imagen de la divinidad como algo ontológicamente diferente de su creación. Si Dios es una identidad, con relación a El, el cosmos, su obra, funda la alteridad, y/o recíprocamente, si al cosmos se le considera como una identidad, Dios, con respecto al cosmos, es alteridad. El mito cosmogónico introduce así una dualidad ontológica original, una diairesis inherente al gesto creador.

La sociedad occidental y contemporánea, caracterizada por un consumado proceso de desacralización, desplaza al terreno de lo profano la antítesis identidad/alteridad e instaura sus más altos valores en el primero de los conceptos en detrimento del segundo. Afirmación de la personalidad, originalidad, culto al ego, culto a la imagen, culto al éxito y al poder personal, modelo de desclasamiento, de ascensión social, individualismo y competitividad a ultranza configuran un sistema de valores fuertemente dualista donde la identidad individual o colectiva debe imponerse, constantemente y a cualquier precio, para conjurar el peligro de una alteridad cuya simple expresión o manifestación es ya sentida a menudo como una amenaza a la identidad. Tras la imagen de la alteridad emergen, una vez más, "los rostros del tiempo".  >>      Angeles Caamaño


Zona primaria: pensamiento circular

Fecha de modificación: 12/11/2005 18:08
Fecha de creación: 12/11/2005 15:51
Compilador: Celia Gradín
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